La dinámica del Gobierno nacional atraviesa su momento de mayor tensión política interna. Lejos del verticalismo monolítico que caracterizó los primeros tramos de la administración, la intransigencia del presidente Javier Milei ha comenzado a dispersar la disciplina partidaria y a evidenciar la autonomía de las distintas facciones que componen el oficialismo y sus socios circunstanciales.
El episodio más gráfico de esta pugna se dio en torno a la nueva ley de discapacidad, un asunto que generó un fuerte cortocircuito dentro del gabinete. Mientras el ministro de Economía, Luis Caputo, y el área de Salud —vinculada al asesor presidencial Santiago Caputo— resistían los cambios presupuestarios argumentando la escasez de recursos y la presencia de irregularidades, fue la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, quien se puso al frente de la negociación política. Con el objetivo de desactivar un foco de conflicto de alto impacto social de cara al año electoral y a la agenda institucional, el sector liderado por Karina habilitó las modificaciones reclamadas por los gobernadores aliados y la oposición, logrando imponerse en el Congreso con el respaldo de bloques provinciales y la Iglesia.
El trasfondo de esta pulseada expone un mapa de disputas cruzadas. Por un lado, la Oficina de Presupuesto del Congreso calculó un costo fiscal significativo para las nuevas partidas, lo que anticipa un nuevo round de discusiones cuando el ministro de Economía deba blindar los números definitivos en el debate del Presupuesto 2027. Por el otro, el episodio dejó en evidencia el desgaste y los límites del peso político de Santiago Caputo, quien también acumula frentes abiertos en negociaciones internacionales vinculadas a proyectos de defensa y soberanía, además de movimientos dentro del aparato judicial.
En paralelo, el tablero político exterior y parlamentario suma la creciente autonomía de Patricia Bullrich. La senadora, tras una serie de reuniones y propuestas económicas presentadas al Ejecutivo —orientadas a incentivar a las medianas empresas mediante la recuperación acelerada de impuestos y regímenes de fomento—, optó por marcar distancia ante la falta de respuestas de la ortodoxia económica. Con la mirada puesta en los antecedentes de crisis de gestiones anteriores y en un contexto donde los principales indicadores señalan una desaceleración de la actividad y la consolidación de un escenario de recesión técnica, Bullrich y diversos sectores dialoguistas advierten sobre la necesidad de mayor pragmatismo político y moderación en las formas para evitar un desgaste prematuro.
Pese a los llamados a moderar el tono y a revisar esquemas de gestión, desde la Casa Rosada ratifican que el rumbo del programa económico no se modificará. Con un año electoral en el horizonte y frentes abiertos tanto en el plano legislativo como en el económico y social, el Gobierno lidia internamente con las tensiones propias de un esquema de poder donde conviven la ortodoxia rígida y la necesidad constante de negociación política.
Fuente: Infobae / Cobertura política de Mariana Verón. Fotografía: Archivo institucional / Casa Rosada (según registro del medio original).





