En una desapacible jornada post Corvina Negra, la playa de Claromecó mostró una faceta diametralmente opuesta a la del fin de semana.
Las incesantes caravanas de pescadores y turistas dieron lugar a la clásica melancolía de un día gris, casi otoñal, marcado por la soledad costera.
En uno de los innumerables sectores, una cría de lobo marino disfrutó a sus anchas de la inmensidad que ofrece la arena y el océano.






