El dogo argentino ostenta el orgullo de ser la primera raza canina originaria de la República Argentina en ser reconocida oficialmente por la Fédération Cynologique Internationale (FCI). Su creación comenzó a finales de la década de 1920 en la provincia de Córdoba, de la mano del doctor Antonio Nores Martínez y su hermano Agustín. Su objetivo era sumamente ambicioso: desarrollar un perro de montería perfecto para la caza mayor de las especies que poblaban los campos y montes argentinos, como el jabalí, el puma y el pecarí. La base genética de la raza fue el antiguo perro de pelea cordobés (un can de una ferocidad y resistencia tremendas pero muy inestable), sobre el cual se realizaron cruces metódicos con otras nueve razas para aportarle cualidades específicas:
- Gran Danés y Mastín del Pirineo: Para otorgarle altura, estructura y rusticidad.
- Bull Terrier y Bulldog Inglés: Para sumarle una mandíbula potente y una tenacidad inquebrantable en el agarre.
- Pointer Inglés y Boxer: Para aportarle un olfato finísimo, agilidad y equilibrio psíquico.
- Irish Wolfhound y Dogo de Burdeos: Para incrementar la velocidad y la potencia física.
El resultado fue un atleta infatigable, capaz de rastrear en silencio, recorrer grandes distancias bajo soles intensos y enfrentar con valor a grandes depredadores en terrenos difíciles.
Desde una perspectiva morfológica, el dogo argentino es un atleta de tipo molosoide, un exponente de potencia pura, agilidad y armonía anatómica. Es un perro grande, robusto y de musculatura muy marcada y magra, con una altura a la cruz que oscila entre los 60 y 68 centímetros y un peso que promedia los 40 a 45 kilogramos. Su rasgo de identidad más absoluto es su pelaje: un manto corto, liso y de un color blanco inmaculado, diseñado originalmente para que el cazador pudiera distinguirlo fácilmente de la presa en la espesura del monte. Se admite únicamente una mancha oscura (negra o atigrada) alrededor del ojo o en la oreja, siempre que no supere el 10% de la superficie de la cabeza. Su cabeza es maciza, con un perfil convexo-cóncavo, mandíbulas fuertes de mordida en tijera y unos ojos oscuros o color avellana de mirada firme y penetrante.
En cuanto a su temperamento, el dogo argentino es un animal de contrastes fascinantes. En el campo de trabajo es un cazador implacable, silencioso y de un valor legendario; sin embargo, dentro del hogar se transforma en un compañero de una nobleza, mansedumbre y fidelidad conmovedoras. Es un perro profundamente apegado a su familia, sumamente cariñoso y protector, con una paciencia notable hacia los niños de la casa. Posee una gran seguridad en sí mismo y rara vez ladra si no hay un motivo real de alerta. Al tratarse de un can con una fuerza física imponente y un instinto de guarda innato, requiere de forma obligatoria una socialización temprana y exhaustiva con otras personas y animales, así como un guía experimentado que ejerza un adiestramiento firme, coherente y siempre basado en el refuerzo positivo.
La salud del dogo argentino es notablemente rústica y fuerte, adaptada a las exigencias del campo, con una esperanza de vida que promedia los 10 a 12 años. No obstante, al igual que ocurre con otras razas de manto completamente blanco, la principal afección genética a vigilar es la sordera congénita (unilateral o bilateral), por lo que los criadores responsables realizan el test de BAER a los cachorros. Debido a su tamaño y pecho profundo, también se deben monitorizar la displasia de cadera y la torsión gástrica. Su pelaje corto requiere un mantenimiento mínimo, bastando con un cepillado semanal para eliminar el pelo muerto. Su verdadera necesidad es el ejercicio físico regular y los desafíos mentales para canalizar su energía, asegurando que este coloso blanco mantenga su equilibrio característico.
Fuentes citadas:
- Fédération Cynologique Internationale (FCI)
- Club del Dogo Argentino (CDA)
- Federación Cinológica Argentina (FCA)
- American Kennel Club (AKC)
- Experto Animal.









